La Tarifeña. Una institución del sabor

Un espacio de aromas que te conduce a la enfermedad más codiciada: el placer por el buen gusto. Un remanso de sabores donde se preparan los paladares para que éstos jueguen a revolcarse entre el hojaldre más crujiente, la crema más pastelera y el chocolate recién hecho más sabroso.

Y es que desde 1956, La Tarifeña trabaja con el arte de lo natural, de lo saludable y de lo exquisito. De padres a hijos, de hijos a nietos, son cuatro las generaciones que han ido moldeando delicias y pasteles.

Desde las inmediaciones de la Plaza de Abastos, donde nacía la primera confitería del abuelo Bernal, hasta la ubicación actual, regentado hoy por una nueva generación de maestros pasteleros, los Bernal Chamizo, han llovido muchas milhojas, se han cubierto de chocolate muchos negritos, han subido a los cielos muchos tocinos, se ha perdido mucho coco en las sultanas y se han encalado muchas bizcotelas. Y todo con un toque de distinción inimitable: la calidad por ofrecer productos naturales, alejados de las grasas trans. Productos que saben combinar con mimo la herencia que nos legaron los árabes y la modernidad que buscan los paladares más innovadores. Productos que han apostado por derrocar la industria más artificial y construir mano a mano cremas deliciosas y postres para los paladares más sensibles.

Aquí, en La Tarifeña, las estaciones se miden en sus vitrinas: desde los mazapanes, borrachuelos y turrones del invierno hasta las canastas de frutas más frescas de los días de verano, sin olvidar las cajillas que llegan con la caída de las hojas y las torrijas que se despiertan con los primeros olores de azahar de la Semana Santa.

La Tarifeña invita a seguir una línea saludable hecha de productos naturales y frescos, sin grasas saturadas. Porque esta confitería no ha perdido su identidad y apuesta por las materias primas de primera calidad, rescatando así recetas de antaño para fusionarlas con la nueva pastelería europea.

Ya lo dijo el maestro chocolatero Antoni Escribá: “La cocina es un arte, pero la pastelería es una ciencia”. Así es La Tarifeña. Un obrador donde se huele a almendra recién molida. Una perfumería para paladares. Una fábrica de merengue y chocolate. Una institución del sabor.

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